lunes, 8 de abril de 2013

Paloma Bordons: Juanillo y la mata de garbanzos



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La historia que te voy a contar ocurrió hace muchos años, allá cuando las cosas imposibles ocurrían a veces. Hay quien dice que no fue así como pasó. ¡Ja! Que venga y me lo demuestre. Yo te digo que así pasó, y si no te lo crees, haces muy bien, pues puede que sea mentira. 
Todo empezó porque Juanillo decidió prepararse un cocido. Al olor del tocino, un gato se asomó por la ventana y el chico lo ahuyentó tirándole un puñado de garbanzos. A la mañana siguiente, allí donde habían caído los garbanzos se alzaba una planta descomunal. Tan alta era que su extremo se perdía entre las nubes. Sin pensarlo dos veces, Juanillo se encaramó al tallo de la Mata gigante y trepó y trepó y trepó y trepó y trepó. Cuando la Mata se acabó, sintió tierra bajo sus pies. Se encontraba en un Lugar Extraño Colgado Entre Las Nubes. Frente a él había una puerta enorme, tremenda. Llamó. Toc, toc. Hubo un silencio que no presagiaba nada bueno. Pero Juanillo, retoc, retoc, insistió, porque era un imprudente y porque si no hubiera insistido, poca cosa más tendría yo que contarte. Esta vez al otro lado de la Puerta Tremenda retumbaron unos pasos. La puerta se abrió lentamente con un chirrido y... allí estaba. 
Pues sí. Allí estaba lo que andabas sospechando: el gigante. O a lo mejor era un ogro. ¡Vete tú a saber! Fuera lo que fuera, era tan largo de estatura y tan corto de vista, que desde lo alto de su cabeza no alcanzó a distinguir al aterrorizado muchacho.
 — ¿Alguien está ahí? —voceó el gigantogro mirando a su alrededor. 
Pero nadie respondió. Juanillo apretó los ojos, dejó de respirar e intentó poner cara de felpudo. -¿Alguien anda ahí? -volvió a vocear el gigantogro.
 A lo mejor a continuación añadió eso de "huelo a carne cruda" que los gigantes y los ogros suelen decir en situaciones como esta. Supongamos que lo dijo. Así da más miedo. 
- "¡Huelo a carne cruda!", pongamos que voceó el gigantogro. Y Juanillo, chitan. El gigantogro aún estuvo un buen rato mirando a todos lados y repitiendo "¿Alguien está ahí?" sin que nadie le contestara. Pero acabó por cansarse y cerró con un tremendo portazo, no sin antes decir entre dientes algo que no se entendió muy bien. Quizá dijo: "Pues no había nadie". O a lo mejor dijo: "Pues yo quiero carne". Que es una frase más propia de un gigante, y no digamos de un ogro. Juanillo corrió con piernas de mantequilla hasta la Mata de Garbanzos, se aferró a ella y se dejó deslizar tallo abajo hasta el suelo. Cuando se vio sano y salvo, no tardó en recuperarse del susto. Pero le quedó como un cosquilleo de excitación bastante agradable.
"Lo he pasado... ¡de miedo!", exclamó. "¡Apuesto a que acabo de vivir una aventura!". Pues aunque el chico no había vivido ninguna aventura en su vida, era lo bastante listo como para reconocer una cuando se cruzaba en su camino. Y como una aventura no es del todo aventura hasta que no se la contamos a los otros, echó a correr por el sendero que llevaba al Pueblo. 

PALOMA BORDONS Ograntes y gigantogros. Ediciones SM

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