sábado, 9 de noviembre de 2013

José A. Muñoz Rojas: Retrato de don Antonio







Este hombre que se sienta con las manos
sobre el bastón, el bastón entre las piernas,
el sombrero calado, este hombre
con los ojuelos medio entornados,
mirando más allá, más acá, no mirando, este hombre.
Este hombre que no tuvo tiempo o gusto para hacerse el nudo de la corbata, con las grandes manos sobre el bastón,
en la mesa del café,
qué día, de qué año, en qué ciudad española,
con su traje de un paño más bien grueso, y los labios, ¡ah!, los labios de este hombre que se cierran, dicen una sola palabra que no dicen,
dicen una vida que se encierra en una palabra, muchas vidas que se encierran en una palabra.
Este hombre que ha llegado hace sólo un ratito,
y se pasa la vida esperando en la mesa del café a que
[alguien llegue,
como se pasa todo el mundo la vida esperando. No vendrá nadie a sentarse al otro lado del tablero
[de mármol,
y las manos seguirán sobre el bastón y el hombre esperará inútilmente sin despegar los labios.
Sabe lo que sabe y lo que no sabe,
dos certidumbres: la una en los labios,
los ojos ven la otra, el corazón la siente.
Agarrada a los labios la sed que no calmará agua
ninguna.
Tal vez el aire que viene de un recuerdo una vez;
tal vez los ojos han visto algo una vez;
la mano ha sentido otra mano una vez;
ha palpado en la sombra
una vez;
¡oh memoria!, una vez
tuvieron en su mano la llave;
una vez,
fue a abrir la cancela;
soñó desde unos brazos,
una vez.
Y se quedó quieto. 


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